Compartimos el relato ganador del Segundo puesto de la convocatoria “Un Acto inolvidable”, de la Prof. Graciela Larrieu del Colegio musical IDRA, de Mar del Plata. Un acto que nos invitó a pensar el lugar del arte como puente para encontrar generaciones y tiempos distantes. Un acto con reflexión, emoción, colores y un recorrido por expresiones que llenan de orgullo.

En nuestra Escuela los Actos escolares son momentos esperados, preparados con pasión y disfrutados con toda la comunidad educativa. Creemos que en cada uno de estos encuentros tenemos la oportunidad de dejar huellas tangibles en los niños y jóvenes, de un concepto tan abstracto como “el amor a la Patria”.

Todos los años a fines de febrero o inicios de marzo nos juntamos algunos docentes y los directivos de cada nivel educativo a pensar cuál será la línea argumental de todos los actos del año. Intentamos que siempre tengan relación con el proyecto anual que se desarrolla, y que se mantengan un hilo conductor que logre entrelazar los festejos de cada fecha.

Hace dos años, además, intentamos que en cada acto haya un artista invitado, un elemento sorpresa, algo diferente que nos llene el alma. Sabemos que muchos papás y familias hacen malabares para poder asistir. Y entonces decimos: si chicos y grandes hacen el esfuerzo de encontrarse, todo lo que se diga y haga tiene que tener un sentido. Y desde un lugar entrañable.

IDRA (35)Me es muy difícil elegir un acto entre tantos imposibles de olvidar. Cada uno de ellos, año tras año, va involucrando nuevas formas de comunicar, creatividad, profundidad y arte. Se trata de un equipo imaginando y concretando desde las luces, los videos, la música en vivo, las “sorpresas”, la alegría de los chicos y los docentes preparándolo…porque “es un asunto de todos”

Entonces… ¿cuál contar?  Dejo que llegue la primera imagen, el primer recuerdo: el 25 de mayo de 2015. ¡Eso es! 

A partir del proyecto anual “Idra en red” que fue el eje vertebrador del trabajo de todo el año, nació la idea de decorar el gimnasio de la escuela con un mural que iría creciendo acto a acto. Los primeros diseñadores fueron los pequeños del Nivel Inicial que enternecieron a todos con su visión del 25 de mayo a través de sus dibujos. Y luego cada nivel fue dejando su huella y perspectiva sobre la patria.

DSC_8265Los momentos formales se tiñeron de emotividad porque fueron pensados como un entramado. Intentamos que las palabras alusivas refieran a la historia pero nos enseñen para el hoy. No se trata simplemente de bajar una glosa de internet o repetir algún discurso de otros años. Los chicos de 2001 o 2007 no son los de 2016. Tratamos entonces de ir más allá de los hechos y hazañas para pensar qué ejemplo podemos tomar, de qué nos sirven esas fechas. Porque el mundo de entonces era diferente al actual, pero nos siguen conmoviendo esos hitos. Entonces las palabras tienen una importancia que va más allá del protocolo.

Y por supuesto, la marca de ese acto, también fue el arte. Los nenes de salas de 5 hicieron un número, y los 2ºs años bailaron al ritmo de Astor Piazzolla acompañados por una joven pareja de bailarines de tango.  Pero lo que hizo este acto inolvidable fue el cierre realizado por un pequeño alumno de primaria y su abuelo tocando ambos el bandoneón. La mirada atenta del niño siguiendo a su abuelo y la mirada orgullosa del abuelo hacia su nieto arrancaron lágrimas y un aplauso maravilloso en todos los que allí estábamos.

Y en ese entramado de palabras, colores, danza y música reflejamos algo de esa cosa intangible y necesaria: el amor a la patria. Y lo más lindo es pensar que, para que todo eso fuera posible, trabajamos en equipo. Porque un buen acto escolar nace necesariamente de un trabajo colectivo. Es cierto que en cada uno hay alguien que está “a cargo”, pero todos participamos. Una idea pasa de uno a otro, y en el camino se va enriqueciendo, tomando forma, hasta concretarse.

Y esto es posible también por conocernos entre nosotros, por saber quiénes son los alumnos y sus familias. Sin eso no hubiéramos podido invitar a este mágico abuelo y su nieto. Fue gracias al oído atento de una seño de música que, mientras enseñaba los instrumentos que los chicos no conocían, escuchó a uno de los nenes decir: “yo aprendí a tocar el bandoneón con mi abuelo”. Esa mirada, esa escucha, ese interés genuino por relacionarnos, y la generosidad de esa familia la acercar su música, hicieron posible ese momento.                    

Un Acto entendido como un momento colectivo de construcción de identidad, como puente, como encuentro, como red…¡Inolvidable!

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