La reforma anunciada por el Ministerio de Educación de la Provincia de Buenos Aires esta semana ha puesto en el centro de la escena la discusión sobre la evaluación.  Desde el Proyecto  Directores que Hacen Escuela invitamos a re-centrar la reflexión en los aspectos pedagógicos de la medida, a re-pensar la evaluación al interior de la escuela y el sistema educativo refiriendo siempre a lo que consideramos irrenunciable: los aprendizajes de los alumnos.

Proponemos entonces, preguntarnos:

  • ¿Qué sentido tiene la evaluación dentro del proceso de aprendizaje de un alumno? ¿Y dentro de la escuela? ¿A quiénes interesa y sirve la evaluación?  La evaluación cumple simultáneamente varias funciones. Por un lado informa a los alumnos y docentes sobre los avances en los aprendizajes orientándolos, en el mejor de los casos, en cuanto a cómo avanzar para mejorar. Por el otro sirve como elemento de acreditación, sancionando y comunicando los niveles de alcance de cada alumno a nivel escuela y sistema educativo. El desafío es conjugar esas dos funciones de modo que sirva tanto para el alumno como para los fines burocráticos y prácticos del sistema.
  • ¿Qué sentido tienen las diferentes escalas?¿Cómo usamos las notas?  Las escalas no tienen, en sí mismas, un valor en el proceso de evaluación, sino que se usan como indicadores para comunicar una valoración de las producciones de los alumnos. Hay sistemas educativos que califican con escalas de 3 niveles, de 4, de 7, de 100. Existen escalas conceptuales y numéricas, existen incluso rúbricas que permiten describir cada nivel con detalle, estipulando los pasos para avanzar hacia niveles cada vez más altos de logro. El sentido que  se da a una calificación no depende entonces sólo del número o concepto que marca una prueba. Más de una vez se repite la escena de un alumno que guarda, luego de un rápido vistazo a su calificación, una prueba en su mochila. El sentido que los chicos puedan construir de lo que ha sido evaluado depende en última instancia de los docentes, del recorrido por las marcas en sus producciones que señalan qué pudo lograr y en qué se equivocó, del acompañamiento y orientación que ofrece un camino de práctica o estudio para avanzar, de las oportunidades que se den de volver sobre lo que es necesario reforzar. El desafío es pensar ¿cómo “devolvemos” a los alumnos los resultados de las evaluaciones? ¿Cómo los ayudamos a construir sentido de aquello que han realizado en un ejercicio o examen?
  • ¿De qué manera contribuimos a que los aciertos y errores de los alumnos les sirvan para aprender más?  Al respecto, resulta pertinente retomar dos preguntas que realiza Rebeca Anijovich en un artículo del diario La Nación:”¿Es necesario aplazar a los alumnos? ¿No es posible promover experiencias en las cuales la retroalimentación que se les ofrece a los estudiantes de sus aprendizajes los ayude a mejorar sus procesos? ¿La calificación numérica es siempre la única opción posible?”

Creemos que para que la evaluación sea parte del proceso de aprendizaje, es necesario que sea una práctica que califique, en el sentido positivo de dar valor a lo que los alumnos han podido hacer, situando cada paso como parte del camino hacia un aprendizaje superior. 

El sentido de la evaluación, entendemos, no es la sanción (buena o mala) de lo que el alumno realiza, sino la orientación que pueda brindar como parte de un proceso complejo del cual tanto los aciertos como el error forman parte. 

Allí es donde se juega la calidad de los aprendizajes. Se trata de eso: de que la evaluación sirva a los alumnos para entender cómo aprender cada vez más, y a los docentes para pensar cómo enseñar cada vez mejor.

Alumna dibujando_ABC