El 25 de Mayo, como todos los años, reúne a docentes, directivos, alumnos y familias en patios y/o aulas. Bajo el celeste y blanco y con el sonido del himno de fondo, volvemos a juntarnos para recordar sucesos que sucedieron hace más de dos siglos atrás.

¿Cómo lograr conectar a las generaciones del siglo XXI con los sucesos e ideas que marcaron la historia hace tanto tiempo? ¿Cuál es el sentido de reunirnos y reiterar, año tras año, estos rituales patrios?

Quienes hemos dejado el rol de alumnos hace un tiempo muchas veces descubrimos que los recuerdos de la escuela están llenos de agujeros. Olvidamos fórmulas y reglas, se nos superponen en la memoria conceptos, y las fotos de los próceres de los libros de texto se mezclan con los rostros de los docentes que nos conducían por sus historias. Pero casi siempre recordamos ese día en que, con nervios o entusiasmo, salimos a escena; esa vez que bailamos en el corazón mismo del patio; aquel acto en que cantamos juntos alguna canción.  Los actos escolares dejan huellas.

En el actual contexto, la escuela como institución ha quedado sola en la función de enseñar y transmitir el amor por la patria. Y quizá suene raro en esta época, hablar de ese amor.  Pero aunque parezca antiguo o fuera de lugar, es ese sentimiento el que permite invitar a los chicos a conocer la historia, para “pensar la historia hacia adelante”.

La responsabilidad de docentes y directivos, y de los educadores en general, es en el presente, pero fundamentalmente hacia el futuro. Los niños y adolescentes que hoy se reúnen en cada escuela a conmemorar el 25 de Mayo, serán en un tiempo hombres y mujeres. Adultos que desde sus actos (cotidianos o extraordinarios) escribirán la historia. Y es ese amor a la patria lo que los alentará a respetarla desde el lugar que ocupen, sin importar si son docentes, comerciantes, artistas o políticos. Que esos jóvenes y adultos de mañana tengan una mirada democrática y un accionar coherente con esos valores, que sean capaces de poner lo común por sobre lo individual y la mirada al otro como un par, depende en parte de la escuela. 

Es allí donde reside el sentido de los actos escolares. Son esos momentos que quiebran la rutina y dejan una marca. Son momentos de encuentro, en un contexto en el que más de una vez prima el desencuentro. Son momentos donde cada uno pone en juego aquello en lo que es bueno, momento de aplauso y orgullo. Un momento simbólico que no solo recuerda sucesos del pasado, sino que al hacerlo pone en escena lo colectivo.

Y para que eso suceda de ese modo, es necesario un abordaje institucional coherente con esos valores, que logre hacer de éste un asunto de todos y no sólo del docente a cargo.  Consideramos que un buen acto escolar:

  • Cede el protagonismo a los alumnos invitándolos a lucirse. El acto escolar es la oportunidad de participar de los acontecimientos que hacen la historia pequeña y cotidiana de cada escuela. Historias pequeñas las que entretejen la gran Historia.
  • En un momento de participación genuina y grupal, permitiendo que emerja la dimensión colectiva, entendida como un conjunto que se compone con lo mejor que cada uno puede dar. Como afirma el profesor de Historia Javier Trímboli “en el acto hay cierta ritualidad. Sirve como momento de unión entre toda la escuela“.
  • Permiten entender la efeméride como parte de un marco histórico/cultural/económico. Un buen acto escolar viene de secuencias previas en las que de manera interdisciplinaria se abordan los hechos en su contexto, y que hacen visible que la historia fue hecha por personas (como nosotros, que también hacemos historia). “Un buen acto es aquél que logra que ese acontecimiento del pasado aparezca Sin que pase a ser algo absolutamente cotidiano, porque el riesgo es una excesiva simplificación. El acto puede ayudar a poner de relieve ciertos personajes históricos que son sobresalientes. Hay un uso virtuoso de los mitos, pueden ayudar a la construcción de una sociedad democrática” Javier Trímboli.
  • Apuestan a entender el pasado para pensar el presente y proyectar el futuro. La reflexión y la misma acción, se desarrollan con respeto y coherencia con valores democráticos: libertad, justicia, igualdad, solidaridad, tolerancia, cooperación.

En síntesis, como dice Roxana Perazza, los actos “son parte de un proyecto mucho más amplio, que tiene que ver con la responsabilidad de los chicos y docentes como ciudadanos. Siempre aparecen de algún modo la construcción de la ciudadanía y la valoración de las tradiciones culturales“.

Así, aun cuando las efemérides y los actos pasen rápidamente, por su misma condición de “efímeras”, perduran cuando se instalan en el recuerdo. Y recordar, como algunos quizá saben, viene del latín recordare,  re- (‘de nuevo’) y cordis (‘corazón’)… Volver a pasar por el corazón.

Para profundizar sobre el sentido de los actos escolares recomendamos la siguiente bibliografía: